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La actualidad, en video e imágenes

16 Nov

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En Shangai se incendian los rascacielos,

En Nueva Delhi se caen los edificios,

Incluso en Haití se propagan las enfermedades.

Pero aquí, en España, Marruecos se nos mea en la cara.

En Shangai se incendian los rascacielos,

En Nueva Delhi se caen los edificios,

Incluso en Haití se propagan las enfermedades.

Pero aquí, en España, Marruecos se nos mea en la cara.

José Saramago, descanse em Paz.

18 Jun

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Hoy murió en la isla de Lanzarote José de Sousa Saramago, primer y único (hasta el momento) premio nobel portugués de literatura, a la edad de 87 años, que ya son unos cuantos. Hijo de campesinos de la zona del Ribatejo portugués, José Saramago (que tomo como apellido por un error a su entrada a la escuela pública) no tuvo una infancia sencilla precisamente. A los dos años de nacer su familia cambió la pobreza de esta zona rural y bastante atrasada por la pobreza en la capital del Tajo. Más tarde, a sus doce años de edad, la pobreza volvía a cambiar el camino de su vida. Su familia no disponía de recursos suficientes y fue trasladado a la Escuela Industrial Afonso Domingues de Lisboa, donde estudio cerrajería metálica.

A la edad de diecisiete años, ya mayor de edad en aquellos momentos (1939, momento en que comienza la segunda guerra mundial en Europa y en la que Portugal no participa), consigue su primer trabajo en el Hospital Civil de Lisboa, dentro de la administración. En los años cuarenta, su posición mejoraría siendo nombrado jefe administrativo de distintos departamentos de la industria mecánica, especialidad que había estudiado durante su infancia. En estos años tiene lugar su primer matrimonio, el nacimiento de su primera hija y comienza su larga época como escritor con la novela Terra do pecado (Tierra del pecado).

Más tarde trabajaría en una compañía de seguros, de la que pasaría a trabajar como editor literario para Estúdios Cor, empresa con la que había trabajado antes. Con una obra literaria mucho mayor a sus espaldas, en los años sesenta colaborará como crítico literario para la revista Seara Nova y en 1969 se afiliará al PCP (Partido Comunista Portugués). A partir de 1972 comenzó su trabajo como editor en el Diário de Notícias hasta ser nombrado director adjunto. A partir de aquí comienza su larga vida literaria; con obras como Ensaio sobre a Cegueira (Ensayo sobre la Ceguera), O ano da morte de Ricardo Reis o la polémica obra Evangelho segundo Jesus Cristo. En esta época -años ochenta y noventa- también recibió la mayoría de premios existentes en la literatura portuguesa y europea, incluyendo el Premio Nobel de Literatura en el año 1998.

En sus últimos años se dedicó unicamente a aumentar su producción literaria así como a dar charlas tanto a nivel literario como político. Siendo destacado por sus posturas críticas hacia gran parte del sistema y sus críticas acérrimas hacia la Iglesia, lo que le hizo muchos enemigos en un país extremadamente católico como Portugal o en Italia donde fue censurado por el mismo Berlusconi tras criticarlo duramente.

Sin duda José Saramago no pasó indiferentemente por nuestras vidas y, nos guste o no, fue un gran escritor y, a mi forma de ver, el mejor escritor que ha tenido nunca Portugal. Añado apenas las palabras de Manuel María Carrilho, ex-ministro de cultura portugués, cuando conocío la noticia de la muerte del escritor:

“Era um homem controverso, como todas as grandes personalidades, mas cultivava uma proximidade discreta e secreta com Portugal”

“Maior homenagem a Saramago é lê-lo”

Y esto último es lo que recomiendo a todos, sobretodo a los que nunca lo hayan hecho. El mayor homenage a un escritor como ha sido este es leerlo.

Viaje de vuelta

12 May

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Llegar a tu habitación de la residencia un martes a la una de la noche no suele ser algo para nada normal a pesar de que me ocurriera así ayer. El metro, una hora y pico antes parece territorio de nadie. Apenas unas pocas personas lo utilizan a horas tan tardías entre semana y como mucho se puede ver a alguna pareja, o joven ejecutivo, volviendo de sus respectivos viajes -nacionales o internacionales- una que otra señora mayor, de esas que siempre poblan el metro, y un buen puñado de gente joven, quizá algunos demasiado jóvenes. En el viaje de ayer en metro, mientras esperaba en la estación, me ocurrió algo que aún no me había sucedido desde que llegué a Madrid.

La falta de entendimiento entre dos personas se puede producir por distintos motivos. El más típico suele ser el de la lengua, sobretodo en un mundo globalizado como el nuestro en el que podemos encontrarnos con personas de casi cualquier parte del Globo. Sin embargo, también puede darse una falta de entendimiento diferente, el malentendimiento. A mí, me ocurrió la primera. Un hombre, de unos treinta y pocos años se me acercó (a seis minutos de que llegara el siguiente vagón) y me preguntó algo; pues bien, necesité escuchar tres veces lo que me decía para comprender que estaba esperando a un amigo que no llegaba. Yo pensé, “¿Y qué? Dime que es lo que quieres de verdad.” A lo que, pareció leerme la mente y, acto seguido me preguntó (o conseguí entender) si podía prestarle un momento mi teléfono móvil con el objetivo de hacer una llamada.

Ahora me tocaba a mí, las tres repeticiones siguientes fueron necesarias (y aún no estoy seguro de si me entendió) para contarle como mi móvil se había quedado sin batería -cosa para nada extraña, está a punto de cumplir los cuatro años y medio-. El hombre pareció irse convencido y yo había pasado tres de los seis minutos que tenía que esperar. Por supuesto, no acabó ahí. Llegó lo peor. El hombre volvió y comenzó a preguntarme si sabía por donde se iba al “Picio” o al menos eso es lo que entendí. Por más que le hice repetir sus palabras, en una mezcla de inglés y español entremezclados con su propio idioma, que sabrá dios cuál era; no logré captar más que eso, así que (pobre de mí) le mandé al servicio, que fue la palabra más parecida que se me ocurrió.

Al rato llegó el metro y terminó ese momento de desentendimiento tan horrible, no por mi parte, sino por parte de este hombre que espero encontrase a su supuesto amigo. Al resto del viaje ya estoy acostumbrado, lo que no quiere decir que me guste, y estoy deseando el piso en gran parte por ello. Entre John Grisham y un fantasma que afirmaba con gran convicción al conductor del autobús como está actualmente saliendo con cuatro colombianas, una ecuatoriana, una brasileña y una hondureña (de las que no se si será cierto lo que el chaval decía, pero si lo es me gustaría comprobarlo) se me hizo el viaje hasta entretenido; aunque lo mejor fue la sentencia de un hombre tras bajarse este chico en su parada: “¡Con tres más como este el resto nos quedamos a dos velas!”

Cuaderno del Puerto de Santa María II

12 Abr

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Es muy posible que debiera haber escrito esto antes pero, entre exámenes que preparar y un fin de semana atareadísimo y muy ocupado viajando (lo que implica estar sin Internet), no he tenido tiempo. Pues bien, empezaré por donde lo había dejado; esto es, el sábado por la mañana. El día comienza como el resto lógicamente, desayunamos en el hotel pero, ya que nos hemos levantado más pronto de lo normal decidimos dar un pequeño paseo por la playa. A pesar del ansia por bañarse de alguno (incluyendo la realización del paseo precedida por la vestidura del traje de baño) el viento de aquella mañana era tal que incluso la arena se levantaba y me hacía temer por el buen funcionamiento de la cámara. Ésto fue lo más valioso del paseo. Los pies los habíamos mojado por primera vez el día anterior en la famosa playa de la Caleta de Cádiz pero en esta ocasión apenas merecieron la pena las fotos (que no es poco).

Una vez echados de la playa (a causa del viento) decidimos continuar con el plan inicial: la visita a Jerez de la Frontera (con J y no con X). Ya era algo tarde tras el paseo y (tras darnos cuenta de que levantarse a las diez y media no era precisamente pronto) decidimos comer a la entrada de esta nueva ciudad, exactamente la antítesis de la visitada el día anterior; tal vez por ello se explique la rivalidad irracional entre gaditanos y jerezanos (aunque no soy precisamente yo el más indicado para hablar de rivalidades irracionales).

La antítesis entre estas dos ciudades no se debe únicamente a la posición de cada una de ellas (en la costa, como puerto estratégico o cerca de ella pero sin mar a su alrededor) sino también a la importancia histórica de cada una de ellas. Al parecer es algo que depende de la época. En algunos momentos una se encuentra por encima y en otros otra aunque, temo tener que reconocer, que Jerez me pareció mucho más desarrollada que Cádiz (a pesar de ser esta capital de provincia).

En fin, no os aburro más con las cavilaciones que aparecieron en mi cabeza a la vuelta de Jerez sino de la visita en sí. Sobre la comida no tengo mucho que decir, fue tal vez la menos destacable de todas las del fin de semana (y mira que es complicado). El monumento que me encanto, y fue la primera visita que hicimos, fue el Alcázar de Jerez. No había oído apenas hablar de él y es muy diferente de su diseño original (debido a la restauración que se ha realizado, etc.) pero, sin embargo, la parte de la mezquita, que es bastante pequeña, aunque acogedora, es preciosa. La propia simplicidad del edificio hace que uno parezca no necesitar más y pueda quedarse observando el Mihrab mientras escucha el dulce sonido del agua en la fuente del pequeño patio anexo. También me parecieron impresionantes los baños árabes y el antiguo molino de aceite que aún se conserva en su totalidad; a pesar de esto, dos cosas llamaron aún más mi atención.

En primer lugar los preciosos jardines llenos de fuentes (por lo menos una docena) y de flores de todos los colores a su alrededor. Mi enhorabuena al jardinero, y a los árabes por meter tanto agua en sus construcciones. Y en segundo lugar, la caja oscura situada en uno de los edificios del conjunto del Alcázar. Es posible que no conozcáis la función de esta sala y yo mismo la desconocía hasta hace dos días; pero el efecto es impresionante. Consiste en recrear una caja oscura (como la de una cámara de fotos por ejemplo) en una pequeña habitación en una zona de altura de una ciudad y, mediante dos lentes y un espejo, ayudados por una pantalla circular de color blanco y que permita su movimiento (con el objetivo de enfocar la imagen), podremos obtener una imagen perfecta de toda la ciudad con una nitidez impresionante y con movimiento. Me pareció impresionante ver la catedral de Jerez y poder distinguir a los pájaros sobrevolando su cúpula o ver a las personas alrededor de los edificios. El hombre encargado de enseñárnosla nos recomendó una para Salamanca, y la verdad es que estaría muy bien; otra cosa es que los de arriba decidan poner la pasta.

El resto de la visita no fue tan emocionante; la vista del exterior de la catedral, un largo paseo por el centro jerezano, incluyendo las cantinas de algún borracho del lugar, y alguna foto que otra; aderezado todo esto por el dulce olor del azafrán que enfrascaba las calles en un ambiente primaveral y en que daban ganas de olvidarse de todo lo demás.

Esa noche, lo siento por los no futboleros, había dos horas reservadas para el llamado “clásico” (aunque un pucela – UDS me parece mucho más emocionante) y sentaron mucho mejor gracias a la enorme amabilidad del camarero del hotel a quien mi padre ya se había “camelado”.

Al día siguiente, desayuno y dejar las habitaciones antes de las doce (exactamente a menos cuarto, ni pronto ni demasiado tarde) antes de la hora de dejar la ciudad. Sin embargo, y habiendo estado un fin de semana entero en un lugar, lo lógico era visitar algo más esta ciudad por lo que, el tiempo que aún teníamos antes de la comida decidimos emplearlo en visitar alguno de los monumentos esenciales y ya de paso una de tantas famosas bodegas. Optamos por la bodega en primer lugar (en concreto las bodegas de Osborne), con tal mala suerte que llegamos diez minutos tarde a la última visita. Salimos del lugar decaídos ya que en mi opinión son una de las mejores bodegas del lugar y, además, la presentación parecía cuanto menos emocionante, aunque todavía teníamos la opción de visitar alguno de los monumentos (se nos acababa el tiempo).

Tal vez fue casualidad o quién sabe qué pero terminamos visitando el castillo de San Marcos (que antiguamente había sido una mezquita árabe aunque Alfonso X el Sabio -y qué sabio era-escondió los restos musulmanes tras un tabique y la ocultó tras una iglesia) y, qué casualidad, otra vez estamos con las casualidades, éste es propiedad de la familia Caballero (sí, los del ponche) y nos invitan a una degustación de vino de Jerez. Cuatro de sus cinco variedades y tengo que decir que no decepcionan. Si tuviera que recomendar diría en primer lugar el vino Oloroso; muy parecido al vino de Oporto.

Tras esto, partimos hacia el norte y con ello fuimos abandonando las nubes que habían comenzado a aparecer a lo largo de la mañana; sin embargo esto no era todo. Una ocurrencia de las de mi padre nos llevó a, estando a unos cien kilómetros de Mérida, visitar el monasterio de Tentudía, en la provincia de Badajoz, y que se encuentra en el punto más alto de la misma. Perdimos dos horas del viaje, pero fueron muy bien empleadas. Unas vistas impresionantes y de 360 grados y, lo que es mejor, la mejor comida del fin de semana (lo siento por aquellos a quienes les encante el pescaíto frito): una presa ibérica a la brasa acompañada de patadas medio cocidas medio fritas (de estas de casa) y pimientos y con un vino de la casa con gaseosa para acompañar. Así soy yo, esta es la comida que me gusta, llamarme paleto o burro del norte, pero por muy omnívoro que sea, mi corazón es carnívoro.