Lanzarote – Día 1: Llegada

28 Ago

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Siete de la mañana. Suena el despertador y, tras mis merecidos quince minutos de remoloneo, me dirijo aún medio dormido hasta la ducha. Como sigo en modo viajero (coño, que voy a volar), pues paso de afeitarme. Aunque esta es sólo una excusa más que se une al detalle de que el dichoso neceser ya está bien cerrado dentro de la maleta.

Ni cinco minutos tardo en vestirme. Uno, que es previsor y piensa (no prepara) antes de dormirse la ropa que llevará al día siguiente. Es una buena manera de pasar ese rato hasta que entra el sueño.

Y a por el desayuno. Poco, que no hay mucha hambre, aunque como siempre acompañado del periódico, que no puede fallar; y menos antes de salir de viaje. ¡Hay que enterarse de las cosas!

Sobre el viaje a Madrid, poco que destacar. Algo menos de dos horas de coche, con un paisaje que cada vez se me repite más y del que ya conozco todos los detalles. Apenas una anécdota del viaje: el momento en que mi madre, con esa cabezonería típica de nuestra familia, se empeña en hacer provincia a la pobre isla de Lanzarote. Lo peor en estos casos es la gente que no está segura de lo que acaba de decir y, ante la duda, lo respalda: “¡Si tiene matrícula y todo!” Esto termina provocando la carcajada general y el golpe de razón en la cabeza materna.

Ya en Barajas, da gusto tener un padre así de viajero (espero llegar a eso algún día). No solamente un parking VIP, sino, incluso, un aparcacoches. Pero lo mejor  viene a continuación. Tras pasar los controles –en los que, por cierto, me han obligado a quitarme los zapatos, cosa que me parece degradante hasta el extremo- llegamos a la “zona de espera” del aeropuerto, o así la llamo yo, que ya tengo algo de experiencia en esto.

Para cualquier viajero-turista estándar, este momento se convierte en aproximadamente una hora de espera encima de una incómoda silla de plástico y pagando un carísimo bocata (que casi siempre sabe igual que la silla). Para mí, hoy –y en parte como compensación por el fallido intento de entrada en la sala VIP de Air France situada en el aeropuerto Charles Logan de Boston- no ha sido así.

Ya nunca será lo mismo viajar en avión sin una sala así. Comida y bebida gratis, en la cantidad que quieras. Los sillones más cómodos que la imaginación humana pueda crear en su mente. (Aunque a lo mejor, el clímax del relax del momento hace que exagere un poco). Y, por si pareciera poco, revistas y periódicos gratis. El país y La Razón a la cartera (el mundo ya venía leído de casa) pero, sobretodo, Esquire. Esto es una buena revista para hombres y no esas FHM, Siete, etcétera, etcétera. La descubrí hace poco (tan solo tiene 3 años en España, en su versión británica tiene más de 70), pero ya soy asiduo. Un detallito más, antes de entrar al avión. En la sala VIP estaba Pilar Rubio. Sí, la misma. Y me reafirmo: Berta es mucho más guapa y simpática que ella.

Sobre el viaje de avión, al igual que sobre el de ida hacia Madrid, hay poco que contar. Viaje corto, avión pequeño e incómodo, pero una buena lectura (de nuevo Esquire) ayuda. A pesar de ello me arrepiento de no haber traído cascos; sobretodo yo que iba ya pensando en ver el último capítulo de Futurama, que están haciendo una temporada nueva impresionante. Pero puede esperar. Llegamos a Lanzarote, así que me salto la aburrida parte del aterrizaje, protagonizada en esta ocasión por un piloto que debía de estar a uvas. Fue horrible. Sin embargo, terminó con una anécdota graciosa; ya que, al frenar completamente, el “público” de pasajeros aplaudió entusiasmadamente -de alivio-, a lo que un hombre dio palabras a mis pensamientos entonando un: “¡Pero si lo ha hecho como el culo!”

El paisaje conejero (de Lanzarote) es una cosa muy extraña. La isla, de origen volcánico, parece extraída de uno de esos típicos decorados utilizados en los viejos westerns, con la pequeña peculiaridad de los volcanes que se muestran, a veces tímidos y otras amenazantes, aquí y allá. A esto se le añade la maravilla del mar. Bueno, el océano. Lo cierto es que, en este momento, pensé en Saramago. Comprendí el por qué de este lugar especial. Parece una mezcla de continentes. La arodez de la tierra volcánica se junta con la placidez marina y ambas se refugian en las miles de construcciones que parecen recién arrancadas del pueblo más bonito de África. Un blanco de dientes de anuncio, de Antártida, que se cuela en medio de la nada. Apasionante.

Entre estas divagaciones de mi mente llegamos al hotel. Nunca había visto una maravilla como esta. Las cinco estrellas se las merece con creces. En estos momentos me pregunto si mi padre es tan importante como para que le salga gratis una semana aquí. ¡Y encima le pagan!

Es cierto que esto ahora ya son recuerdos y que no son parte de hoy, sino del día 25, sin embargo, es la primera vez que tengo Internet así que, les ruego me disculpen, y prometo darles más envidia mañana, a la misma hora; la última.

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Una respuesta to “Lanzarote – Día 1: Llegada”

  1. Víctor agosto 29, 2010 a 12:28 am #

    Yo tuve la suerte de visitar hace 3 años la isla de Lanzarote y es preciosa, tiene mucho encanto. Es un ambiente desértico-playero que se disfruta mucho. Te recomiendo visitar todo lo relacionado con César Manrique y en especial el centro Jameos del Agua, es espectacular. Y el paseo en camello por el Timanfaya que no falte eh?

    PD: Yo también pienso que Berta es mejor que Pilar Rubio

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