El principio

24 Nov

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No se por qué, pero esta mañana se me ocurrió una historia. Tal vez no sea una historia, sea solo una especie de premonición pero, por si acaso, os dejo aquí el principio y ya os comentaré si logro continuarla. Siento decepcionar a los que acudieran aquí en busca de más reflexiones filosóficas, de vez en cuando hay que variar los temas.

>>Daniel escuchó el sonido de la puerta cerrarse a su espalda mientras depositaba el gran manojo de llaves en la bandeja plateada. Se quitó el abrigo y lo colgó cuidadosamente en la solitaria percha que dejaban libre multitud de chaquetas y sombreros, como el que también dejó reposar en el mismo lugar que su abrigo. Cruzó el pequeño pasillo de entrada observado por las miradas perdidas de distintos personajes históricos que en algún momento le habían sido lo suficiente importantes e influyentes como para haber comprado unos retratos suyos y se detuvo frente a uno en particular.

>>Se trataba de un lienzo de muy pequeño tamaño, cubierto con un marco muy austero y con gran cantidad de polvo encima. Acercó la mano al cristal que lo recubría y la pasó por encima para retirar la suciedad. El paso de sus dedos permitió ver el rostro de una mujer. A simple vista, parecía una especie de copia de la Mona Lisa de Da Vinci pero no era así. Se trataba de una mujer desconocida. Anónima. Aunque no para él. Tal vez debiera compartir esos recuerdos con alguien, pero el simple hecho de pensarlo le provocaba dolor. Se conformaba con observar aquel lienzo una o dos veces al día para no olvidar el pasado.

>>Daniel alcanzó el pequeño salón y echó un vistazo a todo. Nada había cambiado desde la última vez. Las ventanas, con sus cortinas blancas de flores, la mesa de comedor, llena hasta arriba de papeles, cuadernos, libros y otras herramientas de trabajo, o los sillones y el pequeño sofá, donde tantas y aburridas tardes habían pasado con una lentitud pasmosa. A un lado, un viejo tocadiscos presentaba un aspecto deplorable y se asemejaba al cuerpo sin vida de un pequeño animal que, tras ser desperdiciado incluso por las aves carroñeras, había expuesto alguien como trofeo.

>>Dirigió su vista hacia ambas mesas, la de café y la de comedor, pero no encontró lo que buscaba. Giró la cabeza y descubrió la estantería. Pilas de libros desordenados llenaban los tristes estantes de una estantería que había pasado por épocas mejores. Una balda había caído sobre otra y los libros, como marineros de un titanic repleto de hojas y letras, habían ido cayendo, unos encima de otros, a un lado de la vieja estantería. En la balda superior, en cambio, no había libros. Una serie de figuritas se encontraban aleatoriamente distribuidas en una especie de caos ordenado. “Parece una representación del mundo” – pensó – “Todos diferentes, colocados de cualquier manera y luchando porque no nos ocurra lo mismo que a la balda de debajo.”

>>Finalmente, se decidió por uno. Dostoievski. Crimen y castigo. Ya lo había leído, pero le parecía el momento oportuno para volver a hacerlo. Escogió su sillón preferido, se sentó y se dispuso a leer. “Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S… y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K…” Recordaba el principio. ¿Por qué no escribir los nombres? ¿Acaso nadie se daba cuenta de eso? Daniel quería conocer el lugar en el que transcurrían los hechos, pero no había nadie allí para responderle, así que continuó leyendo.

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