Underground

20 Nov

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Cuando viajo en metro, sobretodo a esas horas terroríficas llamadas horas puntas (y que no me extrañaría que alguien confundiera con putas), me fijo en la gente. No se trata de algo que haga de vez en cuando o cuando me aburro. Me gusta hacerlo siempre por dos razones: La primera es que suelo llevar una hora leyendo ya en el bus y la segunda es que suele ser muy divertido, pero no solo observar sino también escuchar algunas conversaciones.
Hay muchos tipos de personas que utilizan el metro y que se repiten siempre. No con las mismas ropas, no con las mismas caras, pero iguales al fin y al cabo. El primer tipo del que hablaré es la típica señora mayor. El metro está lleno de señoras mayores y éstas tienes una serie de características típicas. La más importante es la de portar en su brazo (o brazos) una serie de bolsas y bolsos entremezclados que, sin saber como, consigue introducir por la estrecha puerta del vagón (que en esos momentos se estrecha aún más). Además de ello, las pobres mujeres tienen la necesidad de encontrar un asiento (que algún descerebrado no les cederá rápidamente) y terminan ocupando tanto el asiento cedido como la mitad (o las tres cuartas partes) del asiento de al lado que, casualmente, suele ser el tuyo. Lo que ocurre es que no nos solemos dar cuenta de que mientras “nuestra señora” ocupa nuestro asiento (que ya casi es suyo) existen unas cuantas más en el mismo vagón realizando los mismos movimientos y entrando y saliendo en cada parada.
Otro tipo de personas características de los viajes en metro son los tipos raros. Siempre hay uno por vagón, en ocasiones de mal tiempo incluso dos. ¿Cómo definiríamos a un tipo raro? Es muy sencillo darse cuenta de cual es el de nuestro vagón. Para empezar, suelen distinguirse del resto de criaturas absortas del vagón por su peinado, que suele encontrarse extrañamente peinado o recortado. Una vez hemos reconocido el peinado extraño, pasamos al atuendo vestido por el sujeto y si es lo suficiente extraño como para que nos fijemos en él y no dejemos de mirarle con los ojos saliéndose de sus cuencas hasta que nos dirige la mirada y la evitamos, es nuestro hombre.
Un último tipo de personas, y no voy a mencionar más porque me tiraría toda la tarde escribiendo (y ya llevo la mitad), serían esos grupitos de chicas, de todas las edades, que se pasan el trayecto metril marujeando sobre algún tema en concreto. Las típicas pesadas, vaya.
Pues ahí está, lo que me ha costado escribir estas pocas líneas. Es lo que tiene vivir rodeado de canarios que acuden a visitarte continuamente y solo te dejan escribir mientras duermen (en tu cama) y cuanto duermen… Me estoy planteando el alquilarle la cama a cambio de que me la haga y un módico precio. Total, no la hago nunca. Es la eterna reflexión, ¿Para qué hacer la cama si cuando te acuestes la vas a volver a deshacer?
Fin de semana frenético, uno más, eso es lo que me espera.
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